De la misma manera que nuestro primer diccionario de lengua, el conocido como Diccionario de autoridades (1726-39), fue todo un ejemplo de buen quehacer lexicográfico, no ha brillado precisamente la lexicografía del español por continuar en aquel camino. Como excepciones que son, apenas si alcanzamos a contar con los dedos de la mano los diccionarios generales del español que incorporan a sus columnas el corpus textual que avala sus definiciones. Otra cosa es que algunos diccionarios, aun apoyados en citas, pero apremiados por razones extralexicográficas, se vean obligados a prescindir de ellas en la edición impresa. Contamos, por último, en nuestra historia diccionarística, con aquellos repertorios cuyas únicas fuentes han sido los diccionarios que cronológicamente los han precedido, fuentes que lo son --no lo dudemos- al fin y al cabo.
Los glosarios, tanto de obras literarias como de erudición o científicas, preceden en el tiempo a los repertorios monolingües de nuestra lexicografía. Se datan los primeros glosarios del español a lo largo de todo el siglo XVI, y no ha dejado de ser uno de los géneros lexicográficos más cultivados en los siglos siguientes, muy especialmente en las obras literarias. El interés histórico y filológico, además de lexicográfico, de estas breves colecciones de voces oscuras, arcaicas, regionales, técnicas, etc. no deja lugar a dudas, por ello mi propuesta para la recuperación de los glosarios a partir del estudio y la edición de los mismos con rigor metalexicográfico. No sería otra cosa que rescatar la lexicografía con autoridades o con citas literarias, al fin y a la postre la lexicografía por excelencia. ,
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