Es deber no sólo de las Academias de la lengua española, sino de todos los hispanohablantes velar por la conservación de la unidad lingüística, imprescindible para el mantenimiento de la cohesión histórica, política, económica y cultural del conjunto de países iberoamericanos, cuyo peso dentro del conjunto mundial de las naciones depende precisamente de su unidad como bloque: poca es la influencia que cada una de las naciones de lengua española puede aún ejercer dentro del concierto de naciones, pero es ya apreciable su peso en cuanto bloque de países iberoamericanos, gracia a la unidad lingüística. Es obvia la mayor responsabilidad de lingüistas y profesores, sin dejar de lado a los periodistas y medios de comunicación en general. Porque es importante instaurar en la conciencia de los hablantes las realizaciones lingüísticas -formas y construcciones- que se consideran justas y adecuadas. Habría que convencer a los hablantes de la necesidad de posponer - no siempre de eliminar- las peculiaridades locales, regionales y aun nacionales en beneficio de las normas generales, de los usos panhispánicos. Lo que cabe combatir y superar son las innovaciones, las alteraciones divergentes y fragmentadoras, que pongan en peligro la unidad fundamental de la lengua. Ya advertía Andrés Bello ante la posible fragmentación de la lengua: "Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes".