Persiguiendo una necesidad: Influencias de las lenguas andinas en el español del Perú

Universidad de Valencia, España


 

 

Los hablantes de español y los caballos en que montaban serían, cuando Pizarro, apenas unos doscientos. Sería ingenuo -y superfluo- pensar que una lengua superestructural, por muy potente que sea, iba a dejar con ese contingente una cantidad de influencias considerable en las lenguas del entorno peruano del siglo XVI. Todo lo contrario: sería el español la lengua que recibiría una avalancha de ellas por necesidad. Ahora bien, es correcto pensar que el mismo descuido en la introducción de préstamos quechuas en la expresión oral, que por desgracia no se pudo recoger, se correspondería con el excesivo celo por evitarlos en la lengua escrita. Incluso en el consabido caso en que los receptores fueran inicialmente los mismos, esa preocupación purista se dio. Por otro lado, el quechua -y de lejos el aimara- comenzaron a sentirse hostigadas por lo más sobresaliente de la cultura española y aquí sí que se dio justa coincidencia: tanto interés tenían los indígenas en demostrar que sabían palabras del español como caballo y su silla de montar (sillakuy, etc.), como los españoles en señalar la "pobreza" de las lenguas indígenas, mostrando enseguida qué préstamos eran precisos para aquellos desgraciados que no conocían a Dios (Diyus), ignoraban el matrimonio cristiano (kasarakuy) y "mochaban" (much'ay ‘besar; adorar') a sus dioses en vez de adorarlos. Y ahí sí que convino a los españoles señalar la no identidad de los términos traductológicamente sinónimos.

Esta estrategia se mantuvo durante mucho tiempo, aunque fue imposible esconderla. De hecho, la obra de Molina (Relación de las fábulas y ritos de los Incas, ca. 1574), por un lado, y la de Guaman Poma (Nueva crónica y buen gobierno, 1615), por otro, no tardarían en desmentirlo.

Y así fue cómo el español se llenó de préstamos del quechua -menos del aimara-. Al mismo tiempo, el quechua se castellanizaba en ciertos ámbitos de contacto, pero el castellano se quechuizaba (aimarizaba) en todos ellos, en la parcela de los rasgos subyacentes de más difícil reconocimiento: en fonemas y morfemas, en orden de palabras y su significado y, por supuesto, en la manera de afrontar los aspectos pragmáticos que imponía la convivencia con los indígenas.

Influencias de todo tipo se dieron abundantemente, entonces, por necesidad.