A mis padres y hermanos
A Martha y a nuestros hijos
Miguel de Cervantes expone en El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha la capacidad de las personas, locas y cuerdas, para crear a partir de la lectura. Es en este primer sentido su novela un elogio de la lectura y lo es, sobre todo, por haber construido un complejo discurso narrativo, cuyos personajes, tiempo, espacio y acciones no solamente están sustentados en el acto de leer, sino que son ellos mismos lectura.
En la España que muestra Cervantes en el mundo de El Quijote, todos los personajes leen o desean leer. Si pensamos en la realidad histórica de ese espacio cultural con su 80% de analfabetos (Chevalier 1976: 19), este deseo puede resultar paradójico. Recordemos que el mismo Sancho es un analfabeto convicto y confeso (256, 316), aunque posee una experiencia literaria que irá incrementándose progresivamente. Roger Chartier ha observado cómo entre los siglos XIV y XVIII “lo escrito está instalado en el corazón mismo de la cultura de los analfabetos, presente en los ritos, en los espacios públicos, en los lugares de trabajo. Gracias a la palabra que lo descifra, gracias a la imagen que lo duplica, se ha vuelto accesible incluso para aquellos que son incapaces de leerlo y que no pueden tener, por sí mismos, más que una comprensión rudimentaria.” (Chartier 2000: 37) Como no hay equivalencia entre analfabetismo e ignorancia, cabe preguntarse de qué manera se compensa el ansia de lectura que se aprecia en quienes no saben leer ni escribir en la novela de Cervantes. Obviamente, mediante formas orales de recepción. Sabemos que la práctica de la lectura en voz alta era parte del sistema pedagógico español desde la Edad Media. También era una costumbre que se asumía como forma social de lectura, la que se mantuvo en España hasta el siglo XVIII. (Frenk 1997: 10, 19) En una pieza teatral como La Celestina el diálogo crea la escenografía y presenta el aspecto físico de los caracteres debido a que la recepción de la obra no se realizaba mediante la puesta en escena, sino a través de la lectura en voz alta destinada a un reducido auditorio. Maxime Chevalier ha constatado la persistencia de “la costumbre de contar novelas en las tertulias españolas” y ha resaltado la importancia de la cultura oral en el siglo XVI. (Chevalier 1976: 46, 61) Hay noticias de que el emperador Carlos V “mandaba que le leyeran novelas de caballerías” y de que la emperatriz también era aficionada a escuchar este tipo de lecturas. (Chevalier 1976: 75-76) Margit Frenk sostiene que “dada la importancia que la voz seguía teniendo en la transmisión de los textos, el público de la literatura escrita no se limitaba a sus lectores, en el sentido moderno de la palabra, sino que pudo haberse extendido a un elevado número de oyentes, de todos los estratos sociales, incluyendo a la población analfabeta.” (Frenk 1997: 25)
La norma generalizada de la audición de textos ha dejado huellas incluso en los textos escritos: “en los siglos XVI y XVII, a menudo la lectura implícita del texto, literario o no, está aún construida como una oralización, y su “lector” como el oyente de una palabra leída. Así, dirigida tanto al oído como al ojo, la obra juega con formas y procedimientos aptos para someter lo escrito a las exigencias propias de la “performance” oral.” (Chartier 2000: 29)
La relación entre don Quijote y Sancho ilustra con plenitud el funcionamiento de la recepción oral de la literatura. Pese a los equívocos de su receptor principal, don Quijote logra comunicar a Sancho una buen parte de sus lecturas. Frenk llama la atención hacia ciertas declaraciones en el texto de El Quijote como el final de II: 25: “comenzó a decir lo que oirá y verá el que le oyere o viere el capítulo siguiente” y el epígrafe de II: 66: “Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchare leer”. (Frenk 1997: 28)
Es fácil constatar que en El Quijote la lectura no solamente es visual, sino que corresponde también al plano de la audición. Si la idea de que hay “magia” en los libros circula ampliamente en la obra, es porque se reconoce que los libros tienen poder. En parte, se trata de un poder persuasivo que se ejerce a través de la argumentación. Pero, mayoritariamente, la lectura tiene el poder de provocar la realización pragmática de sus temas y formas directamente en la realidad. La pastora Marcela no persuade a nadie de su entorno acerca de sus justas razones para vivir sin pareja. En cambio, todos quieren vestirse como pastores y dedicarse a la vida pastoril como ella.
| Adjunto | Tamaño |
|---|---|
| hopkins_quijote.pdf | 220.67 KB |